EL DORADO. UN TERRITORIO

Fundación Proa, Buenos Aires

1 de abril al 6 de agosto 2023

Idea y proyecto: Adriana Rosenberg

Investigación: Maite Paramio - Cecilia Jaime - Mayra Zolezzi


Cecilia Casablanca

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Universidad Nacional de San Martín. Centro de investigaciones en Arte y Patrimonio (CIAP). Buenos Aires, Argentina

ccasablanca@unsam.edu.ar


En agosto pasado la Fundación Proa concluyó la exhibición El Dorado. Un territorio que invitaba a revisar la vigencia y resonancia del mito de El Dorado en América. Durante casi dos años esta institución, junto a la Americas Society de Nueva York y el Museo Amparo de México, se nuclearon en torno a un seminario de investigación dirigido por el historiador del arte Edward Sullivan, para reflexionar sobre la vigencia de esta narrativa en cada uno de sus lugares. Dada la multiplicidad de significaciones existentes en cada país, se resolvió no hacer una única exposición itinerante, sino conformar una constelación de imágenes, textos y obras que a lo largo del 2023 y 2024 se desarrollarán en cada uno de los espacios institucionales.

En la Argentina, a través de un conjunto de obras de artistas contemporáneos latinoamericanos Proa inició esta trilogía expositiva con enfoque en el concepto de territorio como una invitación a conocer y poner en valor la enorme pluralidad de bienes naturales existentes en América. De acuerdo con Adriana Rosemberg, directora de la fundación, la curaduría buscó partir de lo que definió como el “grado cero” del territorio que permitía tensionar la idea del paisaje presentado como desierto, para dar cuenta de la enorme diversidad de culturas y riquezas existentes. Concentrar la reflexión en los bienes naturales del continente –tales como metales, minerales y cultivos– no solo mostraba la enorme pluralidad y exuberancia de la geografía, sino que permitía una reflexión sobre los modos en que nuestros productos se insertaron y revolucionaron el orden mundial. Desde su perspectiva, transitar el territorio posibilitaba descubrir esos tesoros, al tiempo que obligaba a reconocer las masacres implicadas en su explotación y la consecuente desaparición de muchas de las sociedades originarias que allí vivían (Rosenberg, 2023).

A lo largo de cuatro salas, el recorrido expositivo se iniciaba con la presentación del mito a partir de la llegada de los conquistadores. En ese marco un pequeño barco que había realizado Victor Grippo en su infancia se incorporaba a su obra El Dorado – Huevo de oro (1990/2023) dentro de una pecera vidriada, contenido en una burbuja rota de cristal encallada y se lo ponía en diálogo con la balsa de Clorindo Testa realizada para la obra El espejito dorado (1990). En el primer caso se trataba de una instalación intimista con un huevo de oro escondido aludiendo a la contemplación del espejo y los espejismos. En el otro, la remisión a las marcas en tierra que dejaba el conquistador al momento de pisar el continente. Sin embargo, la obra que completaba la sala de un modo inmersivo era la video instalación de la artista colombiana Carolina Caycedo llamada Patrón Mono: Ríos libres, Pueblos vivos (2018/2022). Esta obra nos sumergía en el río Cauca, ubicado en el departamento de Antioquia, una región actualmente afectada por la represa hidroeléctrica de Hidroituango, donde se superponen los conflictos armados y ambientales. Las represas tienen un papel primordial en el conjunto de su obra desde la que busca visibilizar el impacto social y ambiental que significa el aprovechamiento de los ríos para la generación de energía, considerando los cambios culturales que esto produce y la pérdida de saberes y prácticas ancestrales implicados.

En la sala siguiente se buscaba dar cuenta del estatuto del oro promovido desde diferentes filosofías y religiones del mundo, presentado como símbolo de divinidad y riqueza. En una atmósfera de recogimiento se hacía alusión a una variedad de soportes, técnicas y estilos utilizados en diversas piezas de arte realizadas para iglesias, catedrales y otros lugares de culto, así como en la elaboración de objetos litúrgicos cuya función era inspirar devoción y reverencia. Desde las culturas prehispánicas que utilizaban el dorado con fines rituales y ceremoniales, hasta las vestimentas religiosas usadas por sacerdotes cristianos o la presencia de santos dentro de vitrinas doradas a la hoja. En la sala podíamos ver una dalmática de origen español del siglo XVIII junto a una capa pluvial del siglo XIX. Ambas son parte de un mismo juego de vestiduras religiosas utilizadas por los clérigos durante las procesiones, dando cuenta de la importancia de la performance para el ejercicio del poder y la religión.

A partir del siglo XX algunos artistas abstractos exploraron en sus obras el uso del dorado como símbolo de la trascendencia. La ausencia de imágenes en las piezas monocromas permite una apreciación de la belleza del material y activa un fenómeno perceptivo que motiva el diálogo entre el exterior y el interior del espectador, y que da preeminencia a la percepción del espacio y la luz. Desde una reivindicación de la dimensión espiritual de la experiencia artística, las obras de Mathias Goeritz se exhiben con una presencia brillante y luminosa que busca aludir a lo sagrado. Al tiempo que los cuadros trabajados en torno a la idea de palimpsesto por parte del joven mexicano Stefan Brüggemann, incorpora palabras para cruzar la materialidad del texto con la plasticidad del lenguaje artístico. Como contrapartida de la permanente exposición informativa, el artista aspira a detener al visitante en la mera contemplación con el anclaje en una observación atenta de la materia y las posibilidades que brinda descifrar las palabras ocultas convertidas ahora en imágenes.

Pero tal vez lo más relevante de la sala lo constituye el diálogo que se establece entre las obras textiles de Leda Catunda y Olga de Amaral. En su obra Eldorado II (2018) Leda busca lo divino centrado en la sacralidad del agua como elemento fundamental de la existencia. El río como camino para llegar al oro y la idea de la felicidad se construye a partir de una trama textil que da soporte a toda la pieza, en una combinación de tela y pintura que brinda un cuerpo a sus producciones. La multiplicidad de capas construye un sólido blando que remite a la fragilidad del cuerpo y a una poética del vacío creada a partir de una superposición de escamas que parecen ir mutando. Dar al objeto un cuerpo propio, señala la artista, es brindarle algo de intimidad, un fragmento al que no podemos acceder con la sola mirada, lo que incentiva a pensar e imaginar diversas posibilidades sobre lo que se encuentra en su interior.

Por su parte, la artista colombiana Olga de Amaral, expone la instalación Estelas (2019) en una evocación a las piedras verticales que se encuentran en antiguos monumentos de culto, lápidas de piedra o tumbas trayendo a la sala las ideas de ritual, conmemoración y memoria. La artista se caracteriza por investigar las escalas y desafiar las prácticas del tejido tradicional en virtud de alcanzar piezas escultóricas donde la experiencia corporal se vuelve fundamental. En diálogo con esta premisa, en las alturas se encontraba la instalación colgante Bateia (2015) de la artista brasilera Laura Vinci que introducía el movimiento maquínico y la reflexión sobre la separación de los humanos y la naturaleza. Para contemplar la obra, el espectador debía inclinar su cabeza y mirar hacia arriba, en una actitud corporal que remite a la contemplación del sol, así como de imágenes sagradas en espacios religiosos.

En la sala tres se ingresaba al tema de la tierra y sus frutos a partir de la obra de Teresa Pereda Habla la tierra – Territorio posible (1993-2023) que consistía en un cúmulo de diversos colores y texturas de suelos extraídos de diferentes lugares del continente. Se trata de tierras que comenzó a recoger hace más de tres décadas, con las que construye una mesa de reciprocidad entre todos aquellos que habitamos y conformamos este territorio americano. En el centro dibuja una cruz que puede ser mapuche, chamánica, andina o incluso católica, alrededor de la cual reparte las tierras en partes iguales a fin de dar cuenta de una totalidad que remite al deseo de encuentro y unidad. A su lado, con base en la escultura, la artista peruana Ximena Garrido Lecca tematiza la minería, las modificaciones obligadas por el progreso y la supervivencia de formas de vida ancestrales. A partir de confrontar en sus obras de cobre las técnicas antiguas con la producción industrial, hacía referencia a la relación entre la minería y el colonialismo, la ciencia y el artesanado, los procesos de racionalización de la naturaleza y la progresiva desaparición de las tradiciones que estos conllevan.

En torno a la zona andina se ubicaba la obra Moscas (2021-2023) del artista y orfebre boliviano Andrés Bedoya compuesta por setecientas moscas realizadas en plata a partir de la técnica de la cera perdida. La propuesta es una observación sobre la historia de la explotación de la plata en el Cerro Rico de Potosí, fuente incalculable de riqueza y devastación. A partir de la figura de la mosca, un insecto para muchos abyecto al que se suele espantar, construido con un material precioso de alta valoración social, genera una tensión entre lo orgánico y lo inorgánico, el rechazo y la atracción. Con la pieza se busca hacer una referencia al auge y la decadencia de los ciclos económicos ligados a bienes naturales como el estaño, la plata y hoy el litio, cuestionando los sistemas de creencias a través de los cuales dirimimos las contradicciones que se generan entre la naturaleza y el progreso.

En sintonía con estas tensiones el artista colombiano Santiago Montoya busca abordar el concepto de valor en el encuentro entre Europa y América. Las preguntas sobre qué vale, cuánto vale y a qué costo se manifiestan a partir de tres esculturas producidas con el cacao cultivado por su familia. Entender los diferentes registros de valor entre el oro ansiado por los conquistadores y las semillas de cacao sagradas para los pueblos prehispánicos forman parte de sus intereses. En ese sentido en la pieza Ruido blanco (2019-2022) talla sobre mármol los ríos amazónicos en chocolate, donde pone en tensión materiales locales y piedras calizas importadas, e incorpora el sentido del olfato a la apreciación de sus obras.

También en plata se incluyeron piezas de la colección del Museo Fernández Blanco, tales como el Tesorillo o cofre de monedas provenientes de las ciudades de Potosí, Lima y Santiago de Chile; un juego de alas de plata perteneciente a una escultura de Santo Domingo de Guzmán y la Caja coquera del Alto Perú de fines del siglo XVIII, que daba cuenta de las restricciones en el uso de la coca impuestas durante la colonia. Para remitirse al cultivo de la coca, las obras del artista boliviano Gastón Ugalde Sudamérica (2009-2022) y Sudamérica II (2009-2022) se presentan cargadas de referencias sociopolíticas. Los mapas continentales (uno de ellos invertido) realizados a partir de collages hechos con hojas de coca, remite al lugar de este cultivo en la cultura andina tanto en cuestiones vinculares como de sobrevivencia en contextos de gran altura. A su lado Betsabeé Romero exponía sus obras Guerreros en cautiverio (2008) y Atropellando Maíz (2014). Ambas remiten a la explotación del caucho –una de las principales materias primas en la historia de explotación colonial del continente– ya sea mediante la recuperación de una iconografía prehispánica dentro de grandes ruedas de camión o insertando la presencia del maíz en dibujos lineales. Es la exhibición del atropello y la velocidad propios de una cultura que supo arrasar con las diversidades y la permanente reinscripción de las memorias que aún perviven.

Hacia el final del recorrido, la última sala presentaba de lleno la centralidad de los cultivos. A partir de la fotografía tomada por Martín Chambí y la presencia de la escultura dorada Batata (2017) realizada por Ivan Argote, se despliega la mesa con la obra de Víctor Grippo Naturalizar al hombre, humanizar a la naturaleza - energía vegetal (1977). Para este artista la papa posee una enorme capacidad simbólica asociada a la definición de conciencia y sus posibilidades expansivas. Implica además el cuestionamiento de la lógica de la ciencia occidental basada en criterios meramente racionalistas que descartan otros ámbitos de conocimiento. En respuesta Grippo pone en juego arte y ciencia para reivindicar la imaginación como instrumento idóneo de conocimiento. En diálogo con su trabajo, la obra de Florencia Sadir Caminar sobre lo rojo (2021) trae mediante dos fotografías analógicas prácticas populares de secado al sol de pimientos colorados vigentes en el noroeste argentino. El interés etnográfico por los conocimientos del pasado se reitera al otro lado de la sala, en la artista mexicana Tania Candiani que exhibe un conjunto de bordados en torno a la centralidad de la cochinilla en la economía del virreinato de la Nueva España. A partir de la pieza Beneficios de la grana cochinilla, del proyecto Cromática (2015) trabaja con técnicas ancestrales recuperando los tintes naturales usados en textiles a partir de este insecto criado en las hojas de nopal. Una vez muerto, su cuerpo produce un pigmento de color rojo intenso usado desde el siglo XV en Europa para el teñido de textiles y la creación de pigmentos.

Por último, la muestra concluye con la obra de Marta Minujín El pago de la deuda externa argentina “el oro latinoamericano” (1985) donde la artista realiza una performance en Nueva York junto a Andy Warhol, a quien en un acto simbólico le paga la deuda externa con choclos americanos. La vigencia de la obra estremece y nos interpela sobre los ciclos de extractivismo y endeudamiento que se repiten desde la colonia hasta la actualidad. Reflexionar sobre la pervivencia de una matriz de pensamiento que sacrifica sus bienes naturales en pos de la acumulación y el consumo fueron algunos de los principales aportes de esta propuesta curatorial.

La Fundación Proa completó la iniciativa con una importante apuesta formativa a través de un coloquio internacional y un seminario a distancia donde brindaron conferencias investigadores como Gabriela Siracusano, Walter Mignolo, Marta Penhos y Jens Andermann, entre otros. Asimismo, la muestra fue acompañada con la publicación de un catálogo y la organización de un ciclo de visitas a cargo de artistas y críticos de arte.

Referencias bibliográficas

Rosenberg, A. (2023). El Dorado. Un territorio. Fundación Proa.